La persecución de los dioses y la confesión de la auténtica fe en el Único Dios
Está claro que al interior de una amistad se hace necesaria la presencia de un “yo” y un “tú”. De lo contrario, todo se quedaría en un soliloquio aburrido en el que solo se escucharía la voz monótona de la soledad.
La revelación de Dios al hombre va más allá de una simple manifestación de la divinidad. Está enmarcada dentro de un contexto relacional en el cual Dios se hace visible para el hombre y el hombre, en agradecimiento a esa condescendencia divina, se acerca a Él para responder a su llamado. El clímax de esta relación se ve expresado en el hecho histórico de la Encarnación del Hijo de Dios.
“La sinkatábasis de Dios manifiesta su fiel y más profundo anhelo de re-entablar, con el hombre, la relación de amistad que se había roto por el pecado”. Y es que a pesar de que el hombre continuaba caminando sin su Dios, Éste continuaba deseoso de estar nuevamente con aquel que había creado a su imagen y semejanza. Pareciera que a Dios solo le interesara “llamar la atención” del hombre, atraer su mirada, intrigar su razón, seducir su voluntad para encaminarlo hacia el encuentro del Tú divino y el yo humano.
Pero, ¿a dónde pretendo dirigirme?
“Cuando el hombre huye de Dios, le persiguen los dioses hasta alcanzarle; su liberación sólo se produce cuando deja liberarse y cuando deja de asentarse sobre sí mismo” (Cfr. Introducción al Cristianismo; Ratzinger, Joseph; pág. 97). Lo que el cardenal expresa, marca el horizonte de mi reflexión.
En nuestra época actual vivimos “la persecución de los dioses”, al igual que el pueblo de Israel vivía circundado por una cantidad de “Baales”. Nos enfrentamos a un sinnúmero de pseudodivinidades que entroncan el lenguaje amistoso entre el Dios verdadero y el hombre verdadero,por lo cual, una de las consecuencias más funestas es la“ruptura” de la unidad existente entre el Creador y su creatura, de los lazos más íntimos de su relación. Por ello se hace necesaria una confesión auténtica de la fe en el Único Dios; se hace necesario escuchar de nuevo el “Shemá, Israel”; se hace urgente el pronunciar, con propiedad, el “creo en un solo Dios”, para darle fin ese culto idolátrico que mantiene en jaque al hombre.
El hombre tiene que volver a invocar el nombre de su Dios, pronunciado en la zarza ardiente. Nombre que ha alcanzado su visibilidad en la persona de Cristo: “Él es quien hace posible que se pueda invocar a Dios. Con él, Dios entra para siempre en la historia de los hombres. Dios es ya uno de los nuestros… por eso se le puede invocar de verdad, por eso está ahí co-existiendo con nosotros” (Cfr. Introducción al Cristianismo; Ratzinger, Joseph; pág. 114).
La relación del hombre con su Dios ahora tiene un nuevo sentido y nuevo significado: Cristo.